Leer: Aviso importante

Bienvenidos!!! A los lectores de este blog les abrimos las las del verano y del invierno con nuestros «himnos de palabras». Hay varios títulos esperando para poner en juego todas las células calentitas del cerebro. No se olviden de Rayd Bradbury ni de los recuerdos de la infancia de jugar y soñar..., de IMAGINAR!!! Ni de Juana de Ibarbourou con la higuera, tampoco de Pedroni y de su cálido NOVENARIO y... hay otros por supuesto: -Apocalíptico e integrados, de Umberto Eco -Epistolario, de Neruda; -Gatos eran los de antes, de Graciela Cabal; -Para soñar... Serie: Descubriendo los colores; -El robot fugitivo, de Lester del Rey. Aclaración: Todo el contenido de este blog es seleccionado por la Profesora María del Carmen Villaverde. Yo (Vaeneria) solamente me ocupo de subir los artículos pero la autora intelectual es ella, ante cualquier duda contactarse por mail.

Muchas gracias por su visita, comentarios y apoyo.


lunes, 4 de mayo de 2015

Poemas propios

ARROJAR UN MONTÓN DE PALABRAS


Desde hoy será no sólo bueno
sino necesario,
arrojar todos los días
un montón de palabras
significativas y sugerentes,
al aire vivo  de las escuelas
para que la oralidad,
vestida de múltiples sentidos,
recupere su vida.


            María del Carmen Villaverde 2.012

PARA LAS ABUELAS DE MI CORAZÓN

Casi a orillas del invierno
un ángel bajó a la casa
y a orillas de tu mirada
se hizo ovillito de lana.
Arbolito verde,
arbolito azul,
arbolito blanco
duérmase  mi niño
junto  a la ventana,
junto  a la ventana
hágase la nana…

            María del Carmen Villaverde- 2015


                                 

Cuento: Las Hadas

CHARLES PERRAULT
(Francia, 1628-1703)
  


LAS HADAS

Érase una viuda que tenía dos hijas; la mayor se le parecía tanto en el carácter y en el físico, que quien veía a la hija, le parecía ver a la madre. Ambas eran tan desagradables y orgullosas que no se podía vivir con ellas. La menor, verdadero retrato de su padre por su dulzura y suavidad, era además de una extrema belleza. Como por naturaleza amamos a quien se nos parece, esta madre tenía locura por su hija mayor y a la vez sentía una aversión atroz por la menor. La hacía comer en la cocina y trabajar sin cesar.
Entre otras cosas, esta pobre niña tenía que ir dos veces al día a buscar agua a una media legua de la casa, y volver con una enorme jarra llena.
Un día que estaba en la fuente, se le acercó una pobre mujer rogándole que le diese de beber.
-Como no, mi buena señora -dijo la hermosa niña.
Y enjuagando de inmediato su jarra, sacó agua del mejor lugar de la fuente y se la ofreció, sosteniendo siempre la jarra para que bebiera más cómodamente. La buena mujer, después de beber, le dijo:
-Eres tan bella, tan buena y tan amable, que no puedo dejar de hacerte un don -pues era un hada que había tomado la forma de una pobre aldeana para ver hasta dónde llegaría la gentileza de la joven-. Teconcedo el don -prosiguió el hada- de que por cada palabra que pronuncies saldrá de tu boca una flor o una piedra preciosa.
Cuando la hermosa joven llegó a casa, su madre la reprendió por regresar tan tarde de la fuente.
-Perdón, madre mía -dijo la pobre muchacha- por haberme demorado-; y al decir estas palabras, le salieron de la boca dos rosas, dos perlas y dos grandes diamantes.
-¡Qué estoy viendo! -dijo su madre, llena de asombro-; ¡parece que de la boca te salen perlas y diamantes! ¿Cómo es eso, hija mía?
Era la primera vez que le decía hija.
La pobre niña le contó ingenuamente todo lo que le había pasado, no sin botar una infinidad de diamantes.
-Verdaderamente -dijo la madre- tengo que mandar a mi hija; mira, Fanchon, mira lo que sale de la boca de tu hermana cuando habla; ¿no te gustaría tener un don semejante? Bastará con que vayas a buscar agua a la fuente, y cuando una pobre mujer te pida de beber, ofrecerle muy gentilmente.
-¡No faltaba más! -respondió groseramente la joven- ¡ir a la fuente!
-Deseo que vayas -repuso la madre- ¡y de inmediato!
Ella fue, pero siempre refunfuñando. Tomó el más hermoso jarro de plata de la casa. No hizo más que llegar a la fuente y vio salir del bosque a una dama magníficamente ataviada que vino a pedirle de beber: era la misma hada que se había aparecido a su hermana, pero que se presentaba bajo el aspecto y con las ropas de una princesa, para ver hasta dónde llegaba la maldad de esta niña.
-¿Habré venido acaso -le dijo esta grosera mal criada- para darte de beber? ¡Justamente he traído un jarro de plata nada más que para dar de beber a su señoría! De acuerdo, bebe directamente, si quieres.
-No eres nada amable -repuso el hada, sin irritarse-; ¡está bien! ya que eres tan poco atenta, te otorgo el don de que a cada palabra que pronuncies, te salga de la boca una serpiente o un sapo.
La madre no hizo más que divisarla y le gritó:
-¡Y bien, hija mía?
-¡Y bien, madre mía! -respondió la malvada, echando dos víboras y dos sapos.
-¡Cielos! -exclamó la madre- ¿qué estoy viendo? ¡Tu hermana tiene la culpa, me las pagará! -y corrió a pegarle.
La pobre niña arrancó y fue a refugiarse en el bosque cercano. El hijo del rey, que regresaba de la caza, la encontró y viéndola tan hermosa le preguntó qué hacía allí sola y por qué lloraba.
-¡Ay!, señor, es mi madre que me ha echado de la casa.
El hijo del rey, que vio salir de su boca cinco o seis perlas y otros tantos diamantes, le rogó que le dijera de dónde le venía aquello. Ella le contó toda su aventura.
El hijo del rey se enamoró de ella, y considerando que semejante don valía más que todo lo que se pudiera ofrecer al otro en matrimonio, la llevó con él al palacio de su padre, donde se casaron.
En cuanto a la hermana, se fue haciendo tan odiable, que su propia madre la echó de la casa; y la infeliz, después de haber ido de una parte a otra sin que nadie quisiera recibirla, se fue a morir al fondo del bosque.

Moraleja
Las riquezas, las joyas, los diamantes
son del ánimo influjos favorables,
Sin embargo los discursos agradables
son más fuertes aun, más gravitantes.
  
Otra moraleja

La honradez cuesta cuidados,
exige esfuerzo y mucho afán
que en el momento menos pensado
su recompensa recibirán.

domingo, 8 de febrero de 2015

Una del gran ROBERTO FONTANARROSA (Rosario, Santa Fe, 1944-2007)

FÁBULA DEL PELOTUDO
  
Se cuenta que en una ciudad del interior, un grupo de personas se
divertían con el pelotudo del pueblo. Un pobre infeliz de poca inteligencia, que vivía haciendo pequeños mandados y recibiendo limosnas. Diariamente, algunos hombres llamaban al pelotudo al bar donde se reunían y le ofrecían escoger entre dos monedas: una de tamaño grande de 50 centavos y otra de menor tamaño, pero de 1 peso. Él siempre agarraba la más grande y menos valiosa, lo que era motivo de risas para todos.
Un día, alguien que observaba al grupo divertirse con el inocente hombre, lo llamó aparte y le preguntó si todavía no había percibido que la moneda de mayor tamaño valía menos y éste le respondió:
- Lo sé, no soy tan pelotudo..., vale la mitad, pero el día que escoja
la otra, el jueguito se acaba y no voy a ganar más mi moneda.
Esta historia podría concluir aquí, como un simple chiste, pero se
pueden sacar varias conclusiones:
La primera: Quien parece pelotudo, no siempre lo es.
La segunda: ¿Cuáles eran los verdaderos pelotudos de la historia?
La tercera: Una ambición desmedida puede acabar cortando tu fuente de ingresos
La cuarta: (pero la conclusión más interesante)
Podemos estar bien, aun cuando los otros no tengan una buena opinión
sobre nosotros. Por lo tanto, lo que importa no es lo que piensan los
demás de nosotros, sino lo que uno piensa de sí mismo

MORALEJA:
“El verdadero hombre inteligente es el que aparenta ser pelotudo delante de un pelotudo que aparenta ser inteligente”


Maria del Carmen Villaverde de Nessier


Un cuento de ORLANDO VAN BREDAM (CONCEPCIÓN DEL URUGUAY, ENTRE RÍOS, 1952)

LUCES Y SOMBRAS

La tarde en que el Negro Ludovico comenzó a girar alrededor del mástil de la plaza, al doctor Arismendi se le murió el décimo paciente en el término de tres meses. Mientras el Negro intentaba batir el record de permanencia en bicicleta, el médico sentía que el fracaso, como una sombra espesa, ocupaba todos los rincones de la clínica.
Era curioso que, a partir de esa tarde en que se llevaron casi a escondidas los restos de Abel Figueroa, nadie más entrara al consultorio. Ni por una gripe, ni por un resfrío, ni siquiera por un certificado de favor.
Primero las dos enfermeras, después el médico, advirtieron que la gente no sólo no entraba, sino que muchos apuraban el paso como asustados o cruzaban a la vereda de enfrente, a la vereda de la plaza, precisamente al lugar donde Ludovico persistía en la tarea de dar vueltas y vueltas.
El médico había sentido el sismo hacía tiempo, tal vez dos años atrás, cuando la suerte comenzó a urdirle un tejido en el cual, con cada gesto, se enredaba más.
Había tenido casos difíciles, es cierto, como el de Antonia Sanabria, que llegó cuando ya tenía un pie en el cajón, o el de Isidro Mendieta, que había pasado por las manos de tres médicos antes de que él le cerrara los ojos, o el de Gustavo Salazar, con una avanzada peritonitis, pero otros, la mayoría, habían entrado cantando y habían salido para el cementerio. Sin ir más lejos, el propio Abel Figueroa, que vino por una pequeña cirugía y se quedó en la anestesia.
De aquel prestigio levantado en pocos años junto con la clínica modelo para Raíces sólo quedaban ruinas. Ruinas y un médico y dos enfermeras cada vez más solos, cada vez más pendientes de lo que ocurría en la calle, porque el sanatorio siempre vacío les helaba el alma. Primero miraban desde los ventanales entreabiertos, después desde la puerta del consultorio y, por último, terminaron sentándose en la vereda e hicieron girar el mate durante horas con la misma monotonía con la que Ludovico recorría su círculo en torno del mástil.
Arismendi no había perdido solamente la alegría que el éxito le había prestado, sino también el habla. Las enfermeras terminaron por no dirigirle más la palabra porque él quedaba como sorprendido en una larga ausencia, ausencia que las horas y los días fueron pronunciando, y no contestaba o contestaba con un vago movimiento de cabeza. Las enfermeras terminaron hablando entre sí de todo menos de enfermedades, mucho menos de los otros dos médicos de Raíces que iban absorbiendo los pacientes que la decadencia de Arismendi dispersaba. Pero de lo que más hablaron las enfermeras, porque naturalmente se les imponía, era de Ludovico y su bicicleta.
Cada vez que miraban hacia la plaza, cada vez que querían sorprender un estallido de flores entre los canteros, los últimos juegos del sol en el crepúsculo, las primeras parejas del anochecer, se interponía el Negro Ludovico con su boina negra, su remera de rayas azules, su bicicleta roja, su infernal recorrido. Siempre había alguien para darle aliento, para alcanzarle un mate, una gaseosa, unas galletitas. Siempre había alguien para que la música de un gigantesco grabador no lo abandonara nunca. Y Ludovico seguía girando, infatigable y sonriente.
Y fue precisamente la sonrisa de Ludovico la que comenzó a inquietar a Arismendi, más que la proeza de permanecer horas, días y semanas sobre el asiento de una bicicleta. La sonrisa del Negro Ludovico sacó al médico de su distracción o, al menos, le cambió el motivo. Las enfermeras no tardaron en darse cuenta y dirigirse puntapiés cómplices, pero cualquiera que hubiese pasado entre las ocho y las diez de la mañana o entre las cuatro y las siete de la tarde, horas en que el médico sacaba su sillón a la vereda, hubiera advertido la tenacidad con que Arismendi miraba sin ver o veía de otra manera la infatigable presencia de Ludovico. Las enfermeras no sabían a qué atribuir este embelesamiento hasta que Arismendi lo dijo, más como un descuido del pensamiento que como una confesión:
–Esa sonrisa...
Esa sonrisa no tenía nada de particular, era simplemente la que se sobreponía a la fatiga, la que devolvía Ludovico a todo aquel que pasaba por la plaza y le hacía un gesto de aliento o lanzaba una exclamación, esa sonrisa era una espontánea respuesta a quienes se preocupaban por su salud, a los dos o tres o quince o veinte, según las horas del día y según el día que se convocaban en la improvisada pista que las ruedas de la bicicleta habían ido trazando. Sin embargo, para Arismendi, esa sonrisa no se agotaba en la superficie, era la forma tallada desde adentro de una razón que aún no lograba precisar.
Al cabo de dos semanas en que nadie pisó su consultorio, Arismendi concedió un mes de licencia a una de las enfermeras y prometió hacer lo mismo con la otra si al término de ese tiempo la situación continuaba.
Severamente preocupado y contra sus principios, había decidido volver al hospital al que había renunciado hacía muchos años, seducido por la prosperidad de su clínica. Las presiones de su mujer, los gastos permanentes de sus hijos, las cuotas del automóvil, el mantenimiento de su sanatorio, la inminencia de las vacaciones amenazaban tragarse sus ahorros. Debía vencer los escollos y el orgullo y la antipatía que le provocaba el director para hacer las dos cuadras que lo separaban del Hospital Regional. Entre tanto, seguía sacando la silla a la vereda y seguía preguntándose por qué sonreía Ludovico. ¿De qué podía alegrarse alguien que sólo tenía una bicicleta, alguien a quien no se le conocía un trabajo estable o un oficio definido, alguien que apenas había cursado la escuela primaria, que vivía en una modesta casita de palmas en los suburbios de Raíces?
Lo cierto es que a medida que la oscuridad se cerraba sobre Arismendi y su sanatorio, la luz nacía sobre Ludovico. Raíces se despertaba y se dormía con un médico oscuro y un ciclista luminoso, con dos puntos opuestos pero contiguos. Arismendi comenzó a entender la sonrisa del Negro Ludovico, la tarde número veinte en que no menos de doscientas personas rodearon el mástil para aplaudir la hazaña de cuatrocientas horas en bicicleta, verdadero record en todo el mundo, como vociferaba la radio local. Al grito de “Ludovico campeón”, hombres, niños, mujeres y ancianos celebraban la proeza. Fotografías, filmaciones, corresponsales de diarios de la zona intentaban perpetuar el acontecimiento.
Arismendi, sentado en el sillón de siempre, tuvo en plenitud la razón de aquella sonrisa. ¿Todo por esto?, se decía, todo ese esfuerzo por unos aplausos, por unas fotos en los diarios, ¿y después qué?, se interrogaba y no dejaba de mirar aquellas demostraciones de afecto, aquellos coros que incesantemente vivaban al Negro Ludovico.
Arismendi estaba más solo que nunca, hasta la única enfermera lo había abandonado para cruzarse con su permiso hasta la plaza y acompañar el orgullo de todos los raiceanos por la hazaña del atleta que había superado los límites del pueblo y cuyo nombre ya sonaba en la Capital y sus alrededores. La euforia lo había alzado en andas y Arismendi pudo ver en todo su esplendor la cansada sonrisa del triunfo, la cansada sonrisa del Negro Ludovico al que todos querían palmear, abrazar, besar.
Tocado por confusos sentimientos, Arismendi recogió el sillón y se hundió en el sanatorio. Comenzó a caminar por el largo pasillo vacío. Hacía sonar los tacos con furia y descontrol. En esas idas y venidas escuchó el casi olvidado sonido del timbre de calle, aquel timbre que durante veinte días, o más, nadie había tocado.
Esperó en suspenso y no dudó. Lo buscaban. A él mismo le pareció absurdo, pero lo buscaban. Con una sonrisa abrió la puerta del consultorio y con la misma sonrisa escuchó las palabras entrecortadas de quienes sostenían con dificultad el cuerpo de Ludovico.
–Está muy mal, doctor... el Negro se descompuso. No reacciona.
Tres lo colocaron sobre la camilla mientras decenas se acumulaban en los pasillos, el jardín, la vereda. Nunca hubo tanta gente en la Clínica Modelo de Raíces. Arismendi sabía lo que eso significaba, tanto lo sabía que sonreía feliz pero también lleno de miedo.
En sus manos quedaba el ídolo con la sonrisa apagada; de sus manos vendría la salvación o la condena, la recuperación o el hundimiento definitivo. Aunque era sencillo reanimar aquel cuerpo agotado, Arismendi se persignó antes de colocarle la máscara de oxígeno.
Mientras las enfermeras inyectaban una intravenosa, Arismendi se quitó el sudor de la frente y comenzó a sonreír con una sonrisa nueva, desconocida. No dejó de sonreír cuando el Negro Ludovico caminó con los brazos en alto hacia la muchedumbre que en el jardín de la clínica lo recibió con aplausos; tampoco cuando una avalancha de manos apretaron las suyas para agradecerle. Mucho menos, cuando, al otro día, la enfermera recibió azorada los primeros pacientes y él, esa misma tarde, se dio el lujo de decirle que no, definitivamente que no, al director del Hospital Regional. No dejó de sonreír y de tornarse locuaz –como siempre lo había sido– dos meses después, cuando la Clínica Modelo de Raíces le exigió contratar los servicios de dos nuevas enfermeras.
Sospechaba a su alrededor la existencia de un orden recobrado. Todo volvía a ser como antes, aun cuando no resistía la tentación de mirar hacia el mástil de la plaza e imaginar con fastidio la proeza del ciclista. Dejó de sospecharlo y –lo que es peor– de sonreír, la mañana en que alguien en su consultorio le dijo:
–¿Sabe, doctor?.. Desde mañana el Negro Ludovico intentará batir su propio record.
Esa noche Arismendi no durmió. Desvelado, completamente desvelado, pensaba en el Negro Ludovico y su bicicleta. Pensaba en la cesárea que debía practicar al día siguiente. Sobre todo, pensaba con miedo, con mucho miedo, a quién le tocaría sonreír en este extraño juego de luces y sombras.


Nota; el autor reside en El Colorado (Formosa) y nos ofrece este texto para compartir con nuestros lectores.