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jueves, 2 de septiembre de 2010

NERUDA EN UNA VIVENCIA INAGOTABLE

He leído a Neruda desde muy niña. He sentido en el alma el aguijón ardiente de sus imágenes y sentimientos....
Así como la noche nos tapa los ojos de sorpresa sin que se oigan sus pasos queriendo saber si ha sido reconocida, ella, la infinita inconfundible”.
Fue un viajero y un veedor, un andarín del mundo y de las palabras en abundante progresión de realidad y fantasía.
En él siempre se dio la cercanía al poema, en la poesía y en la prosa, aquí con una prosa lírica que con su carga de sugerencias y connotaciones nos transporta hacia sus vivencias. Así llego a decir entre tantos escritos:
“Buena parte de su rostro lo ocupan los ojos, absortos, negrazos, dirigidos sin prisa con abundancia profunda de fulgor. Debajo de la frente pálida hacen notar su presencia en un aleteo constante. Su boca es grande porque sus dientes quieren brillar en la luz del mar desde lo alto de su risa...”
Fue y volvió, salió y entró muchas veces de su patria y siempre con esa agobiante angustia del regreso. Así cuando después de casarse con su primera mujer: María Antonieta Hagenaar, llega a Temuco , su tierra de infancia, desea recuperar todos sus recuerdos: las lluvias infantiles, los primeros arrullos de la naturaleza de sus pies primeros, los primeros poemas, sus raíces, que sintió cortadas cuando siendo un adolescente abandonó Temuco para instalarse en Santiago

Y cuando desperté
sentí un dolor de lluvia
algo me separaba de mi sangre
y al salir asustado
por la calle
supe, porque sangraba,
que me habían cortado las raíces.
De “Memorial de Isla Negra” 1964

Y allí, en sus raíces, me contagió su voz, y su palabra, su poesía como un encaje tierno y deslumbrante, que me decìa de sus andanzas, sus esperanzas y de su admiración por los ojos, sí, por los ojos y las manos de la gente que son en realidad mis más ardientes destinatarios de la vida. Compartimos aquellas horas en Santiago unas noches de luna grande, de luna detonante, hecha de luz y de MILAGRO. El milagro de estar a su lado y de ser invitada por él , especialmente, para la presentación de su libro al día siguiente en el Caupolicán, un magnífico estadio de Santiago, al que por supuesto asistí. Ël me recibió y me ubicó en la primera fila y frente a él que recitó el primer poema para mí dedicándolo todo a mis ojos bajo mis ojos llorosos y alocados, si, alocados de loca alegría contagiosa. Por eso quiero mirar el tiempo transcurrido tan sólo como un minuto en la distancia breve de los días que aquella vez alimentaron por mil años mis ilusiones vivas de poeta iniciada en la maravilla flagrante de la palabra .

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